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Cuando nació, ya no había nadie. Sus padres estaban en la comida de año nuevo y tuvo que llamarles para saber que ponía en el brazalete de identificación. Su padre le echó la bronca por su incompetencia. Jacobo apostó con una enfermera a que sería futbolista, para lo cual, se puso de apellido Cruyff en la pulsera. Al comandante Castro le dio igual. Cruyff se enteró y le obligó a cambiarlo. Se tuvo que arropar él solo mientras estuvo en el hospital y llamar a un taxi para ir a casa. Llegó tarde a la cena de reyes y se la volvió a cargar.
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Coordinó su parto desde el interior. Cuando salió, se puso a discutir con el médico, sus primeras palabras fueron "mir a gilipollas". Le dijo que su padre lo habría hecho mucho mejor. Por desgracia, estaba atendiendo al hijo de no se qué increíble famoso de la hostia. En el nido de la maternidad se puso a hacer el mamón con un niño de gafas. Las enfermeras se vieron obligadas a expulsarle al pasillo.
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Estaba tan bien flotando en el líquido amniótico, que se planteó quedarse a vivir allí. El exceso de tiempo sumergido, estuvo a punto de ahogarle. Se cree que tiene alojado un poco de líquido en la parte del cerebro que ayuda a relacionar conceptos. Ya en la habitación, se comió todos los bombones de licor de su madre, quien decidió no cortarse el cordón umbilical hasta que el niño cumpliese los 35, por lo que pudiese pasar.
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Cuando se enteró de que no nacía ni en la URSS, ni en musulmania, ni en África, se puso de muy mala leche. Decidió que nada más merecía la pena y que, a partir de entonces, todo le daría igual. Le confortaron las manos fuertes y grandes del médico mientras le sostenía desnudo. Fue vestido de niña hasta los 3 años. Sus padres no tenían claro que nombre ponerle. Al final, llegaron a la conclusión de que daba lo mismo. Fuese el que fuese, le iban a llamar Menchu.
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Cuando salió, se dio la vuelta y vio por dónde había salido, se empalmó. El médico se llevó tal susto que le dejó caer al suelo. Por suerte, la cabeza del pequeño amortiguó el golpe y su pene quedó intacto. Desde muy pronto supo que iba a sustituir su previsible falta de juguetes, esa cuerdecilla que le colgaba del ombligo. Cuando se le cayó, tuvo que recurrir a otra cosilla que le colgaba más abajo. Para que le soltase el pecho a su madre después de mamar, había que llamar a dos celadores. Lo inesperado de su nacimiento quedó patente cuando, sus padres, se lo olvidaron en el hospital.
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Nació, saludó a su madre y se fue. No tenía tiempo para más. Se afeitó por primera vez con dos días. Pasó bastante frío en el nido hasta que logró negociar con un compañero de cuna para que le dejase su manta. Desde entonces, se frota las manos inconscientemente. En el útero tuvo tiempo de escribir un planning con las horas exactas en las que mamaría durante su primer año. Las veces en las que se quedaba con hambre, le cambiaba la pulsera de identificación a un bebe dormido y le suplantaba para mamar más. Se compró los libros para la guardería nada más salir del hospital, por eso de ir pillando el know how.
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Intentó sin éxito durante 9 meses que su madre cambiase el líquido amniótico por whisky. Nació, vio al médico y antes de que éste le diese el azote, le soltó un guantazo, ya se sabe la importancia de dar la primera hostia. Siguió con su carrera de violencia en el nido, donde puteaba a un chiquitín bizco y con gafillas. Se acordó de las madres de todos los de la maternidad, lo malo, es que se le olvidó el nombre de una niña muy guarrilla y claro, los rumores sobre su sexualidad comenzaron a circular.
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Le jodió mucho ser el segundo de su familia en nacer. Jamás un niño gastó tantos pañales en sus primeras horas de vida…ni en las siguientes. Lo primero que hizo, fue preguntarle a su padre que cochecito tendría, para poder fardar luego. Se quedó a muy pocas décimas de aprobar sus primeros análisis, seguramente falló por problemas de estómago.
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Al ver la sangre del parto, se desmayó. Aprovechando el tirón, estuvo las siguientes 90 horas dormido, hasta el punto de que se llegó a temer por su vida (aunque no tanto como cuando estuvo a 12 horas de morir de peritonitis). No hay mucha más constancia de su vida en el hospital, ya que, la pereza que le entraba al hacer cualquier cosa, se juntaba al miedo paralizante que le producen los médicos.
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Fue uno de los partos más largos que se recuerdan, la cabeza salió un día y los pies terminaron de salir al siguiente. En vez de dormir en una cuna, le abrieron el sofá-cama de la habitación de su madre. Para sus primeras horas de vida, le pusieron unas bermudas que, su querido Tito, heredó con 12 años.
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Al verlo tan pequeño colgando de una cuerda, no sabían si su mami había dado a luz un yo-yo. Asustados, le metieron en la incubadora, por si el niño fuese sietemesino y no estuviese formado del todo. A las dos semanas se dieron cuenta de que era así, ya tendría 22 años para crecer. Les robaba las mantas a sus vecinos de cuna y atracaba el armario de las medicinas en busca de anabolizantes. Cuando salió del hospital, se fue corriendo a casa detrás del coche de su padre.
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Fue difícil para su madre saber que estaba embarazada, ya que, como es sabido, Javi no se hace fotos y no quería salir en la ecografía despeinado. En la senda de descenso desde el útero hacia el exterior, iba pensando en lo que iba a disfrutar discutiendo en un sitio en el que nunca había estado. Intentó romper varias parejas de gemelos recién nacidos, por aquello de practicar la palanca y se metió en 6 broncas durante los 3 días que pasó en el hospital.
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